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El Salar Uyuni viaje al desierto y paraíso en un mismo momento

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El Salar de Uyuni es uno de los destinos más exóticos y con mucho por descubrir, enterate que hacer

Y entonces salimos al cielo. Sí, no “a mirar” el cielo, como a una belleza lejana que se ve desde abajo, sino al cielo mismo. Porque en el salar de Uyuni, en Bolivia, a casi 3.700 metros sobre el nivel del mar y en medio del desierto de sal más grande del mundo, el cielo ya no está tan arriba, sino más bien alrededor. Sólo 10 minutos en el cielo: cuatro estrellas fugaces y el frío –varios grados bajo cero– que nos obliga a volver bajo techo.

Este cielo con infinitas estrellas es una de las maravillas de un lugar imperdible: el salar continuo más grande del mundo, que guarda en sus entrañas unas 10 mil millones de toneladas de sal, repartidas en nada menos que 12 mil kilómetros cuadrados. Es uno de los destinos más visitados de Bolivia, además de uno de los paisajes más bellos y sorprendentes que se puedan imaginar: un inmenso, interminable desierto blanco y duro, que en época de lluvias suele inundarse en distintos sectores, provocando espejismos mágicos y reflejos que borran las fronteras entre el cielo y la tierra.

Mad Max en los Andes

Al salar de Uyuni se puede venir por cuenta propia alquilando un auto en el pueblo de Uyuni, o contratar allí mismo una excursión de día completo, comidas incluidas. Nosotros elegimos la excursión de tres días que nos lleva, además, a distintas comunidades y lagunas de altura, en medio del bellísimo y desolado paisaje del Altiplano.

Los paisajes oníricos comienzan a pocos minutos del pueblo de Uyuni. Más exactamente en el cementerio de trenes, una enorme explanada en medio del desierto donde olvidadas vías férreas aún sostienen a decenas de oxidados vagones y locomotoras a vapor. Fueron utilizados a fines del siglo XIX para transportar minerales, luego permanecieron abandonados por años y ahora parecen haberse transformado en un escenario para hacer espectaculares fotos “estilo Mad Max”.

Muy cerca de estos hierros oxidados comienza ya el imperio de la sal, aunque paso a paso. Nuestra siguiente parada es el pequeño poblado de Colchani, que vive de la agricultura –quínoa– y ganadería –cría de llamas–, pero también de muchos trabajadores del salar de Uyuni que elaboran aquí la sal yodada. En un pequeño mercado al aire libre, las mujeres cargan a sus bebés en coloridas mantas de aguayo y venden artesanías –llamitas, ceniceros, cajitas– hechas, claro, de sal.

Puro silencio

Entonces sí, pasando Colchani se inicia el interminable desierto blanco. El velocímetro marca 60, 70, pero da la impresión de que la camioneta no se mueve: el paisaje, estático, nos acompaña como una foto pegada a la ventanilla durante nuestro camino por el salar de Uyuni. Circulamos sobre la sal formada tras la desaparición del preshistórico y enorme lago Ballivian, hace miles de años. Y también sobre la razón por la cual a Bolivia algunos la conocen como “la Arabia Saudita del siglo XXI”: este desierto es la principal reserva mundial de litio, un metal de múltiples usos –desde naves espaciales y submarinos hasta tratamientos psiquiátricos–, fundamental hoy para la fabricación de baterías para vehículos, celulares, tablets y otros dispositivos electrónicos. Una riqueza subterránea que Bolivia aún debate cómo explotar sin destruir.

Pero el centro sigue siendo la sal, y por ello esos pequeños montículos que se levantan a pico y pala y semejan pequeños blancos volcanes en miniatura. Esperan que esa sal pierda la humedad para que pueda ser transportada más fácilmente.

De vuelta en la camioneta, andamos y andamos, y luego de visitar el hotel Playa Blanca, íntegramente construido con sal, poco a poco va tomando forma la silueta de la isla del Pescado, una saliente rocosa en medio de este lago seco en la que crecen enormes cactus de hasta 6 metros de altura. No lo parece desde aquí, pero dicen que al reflejarse en el salar en época de lluvias –sobre todo en enero y febrero–, su silueta recuerda a la de un pez. Paramos a almorzar y nuestro chofer y guía se convierte de pronto en un gran cocinero. Mientras recorremos la isla por distintos senderos y trepamos a su cima, a 3.822 metros sobre el nivel del mar, nos prepara un almuerzo de bifes de llama con quínoa, verduras y frutas.

Manejar, caminar o simplemente sentarse a contemplar este inmenso desierto blanco es una experiencia difícil de describir con palabras. Además, la visión puede cambiar a cada momento. Con sol a pleno, impresiona el contraste entre el azul del cielo y el blanco de la tierra; si está nublado, el horizonte suele tornarse difuso hasta confundir el arriba con el abajo, pero lo mejor viene luego de una lluvia en un día de nubes dispersas, de esos grandes copos de algodón que aquí parecen al alcance de la mano y se reflejan en el interminable espejo a los pies. Entonces se puede –literalmente– caminar en el cielo.

Todo eso hacemos. Y nos sacamos también esas fotos ya tan típicas que son como una marca registrada del lugar, y que juegan con la perspectiva para crear divertidos efectos ópticos. Cuando el sol empieza a acercarse al horizonte regresamos a la camioneta, que vuelve a rodar y rodar para alcanzar la otra orilla del salar. Nuestra meta es un albergue construido con ladrillos de sal –hay paredes, mesas y bancos de sal– cerca de Chubica, un puñado de casas de adobe junto al mar blanco.

Y entonces sí, luego de la cena, salimos a dar una vuelta por el espacio, bajo –no, perdón, en medio de– la Vía Láctea enterita. Nos esperan dos días de más salares, volcanes, lagunas de altura con flamencos y colores intensos, géiseres y aguas termales. Pero allí ya comienza otra historia.

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